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La adopté en octubre de 2012, tras aparecer perdida en una carretera cuando tenía unos pocos meses.

Me enamoré de Leia en cuanto la recogí: ¡aquellos forellos interminables eran mucho! Tenía unos meses cuando apareció deambulando en una carretera; seguramente se había perdido tras su primer día de caza… ¡por suerte para ella!

Con Leia descubrí muchas cosas. Por ejemplo, que tengo mucha más paciencia de la que creía: durante sus primeros años, esperar a que volviese de sus rastreos era rutinario y la esperaba leyendo en la furgo. También descubrí que nunca quería volver a vivir sin una sabuesa: creo que hay un tipo de perro para cada persona, y el mío, sin duda, son los perros de caza. Tan adorablemente testarudos; dulces; alegres y con esa enorme capacidad de ser felices y libres.

Leia me ha hecho pasarlas canutas con sus rastreos, sí, pero cuando aprendí a aceptarla como es, a entender que ella no se fuga, sino que está haciendo el trabajo para el que ha sido diseñada tras años y años de manipulación genética, las dos empezamos a ser más felices.

Y sí, con ella también aprendí que odio a los cazadores sin medida.

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