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La adopté en marzo de 2015. Era ya una abuelita de ocho años, pero eso no detuvo a su dueña para abandonarla en una protectora, donde vivía aterrorizada.

Lo duro que debe ser para cualquier perro que vive en un hogar, por precario que este sea, ser abandonado de pronto en un refugio, es difícil de imaginar. Pero si eres una viejiña… Imaginaos el miedo, rodeada de repente de perros ladrando, casi a la intemperie, sin entender nada.

Paloma fue la tercera perra que llegó al Comando desde que decidí convertir Villa G en un retiro para abueliñas. Tras morirse Durin y adoptar a Arwen, Paloma llegó y aprendió pronto que no todos los humanos somos seres terribles: que se puede confiar en algunos y dormir calentita y protegida.

Por desgracia, la mala vida que le dieron antes de dejarla tirada en una prote como si no fuese nada le ha pasado factura: se rompió una de las patas y nadie se la curó, así que, tras años y año forzando la otra pata, su movilidad se redujo muchísimo. Ahora la cuidamos mucho, para que sus últimos años sean felices, pero siempre me quedará la pena de que no haya podido disfrutar de las correrías locas del resto de la manada más que un par de años.

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