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Durin fue nuestro primer abueliño. Se moría de una insuficiencia renal y decidí que se merecía hacerlo con dignidad, no solo en un canil de una prote. Así que el verano de 2013 fuimos a buscarlo… y la perricidad funcionó como una medicina, porque de los pocos días que parecía que iba a vivir pasamos a varios meses, hasta que su cuerpecillo dijo basta. Fue duro… pero una gran enseñanza: gracias a Durin entendí que hacer feliz a un perro anciano era lo más bonito que podía hacer, y abrió el camino a muchas otras viejiñas.


Yoda fue un desecho de cazador (¡qué raro!), abandonada en una prote cuando se hizo viejita y ya no servía para cazar. Me enamoré de ella en cuanto la vi, con aquel cuerpecillo robusto e incansable. La adopté en septiembre de 2016 y murió en casa, entre mis brazos, en mayo de 2017. Demasiado poco tiempo de perricidad… pero siempre pienso que aunque solo pudiese hacer feliz a mis abuelas un día habría merecido la pena.


Avoa era tan especial… ¡y tan sabuesa, y a mí me gustan tanto las forellos! Llegó en 2017, tras morirse Yoda, enfermita, sorda, casi ciega, pero tan tan tan llena de alegría que era imposible no contagiarse de sus enormes ganas de ser feliz. Se murió en enero de 2018, en casiña, conmigo y el resto de su familia, después de muchos meses de locura sabuesa, rastreando incansable La Comarca y pidiendo amor el resto del tiempo.


Balin llevaba prácticamente toda su vida viviendo en un canil de una prote; tenía tantísimo miedo cuando lo adopté… ¡Es siempre tan bonito ver cómo estos viejiños aterrorizados empiezan a ser felices, a confiar y a vivir la vida a tope en cuanto se dan cuenta de que se van a quedar en Villa G para siempre! Este señor tímido y encantador se murió en el verano de 2018, después de casi un año de perricidad. ¡Me encanta recordarlo sonriendo, con su cariña de bueno iluminada!


La señora más terremoto que ha pasado por Villa G se llamaba Iris, era una abuela rosmona, tuerta y más sabuesa que un sabueso que murió como me gustaría que lo hicieran todas mis abuelas: corriendo feliz tras un rastro, en el bosque de La Comarca, que tanto amaba. Me enamoré de ella en un acto solidario en el que había varios perros y perras viejiños. No tenía sitio para ella, pero me prometí adoptarla en cuanto lo tuviese, porque me conmovió su mirada vencida, tras toda la vida en una protectora, sin esperanza. Unos días después de conocerla la atacaron en el canil y casi la matan; no me lo pensé mucho y fui a buscarla. Iris fue feliz en nuestros prados desde que llegó… pero le costó un poquito más aprender a disfrutar de la vida en manada. Cuando lo logró… ¡qué maravilloso era verla correr sonriendo con el resto de su familia!


Arwen será siempre el amor de mi vida. La adopté siendo ya una viejiña en junio de 2014, y se murió en enero de 2020, tras seis años de perricidad absoluta, dejando un vacío tan tan grande que no creo que sea jamás capaz de llenarlo. Era adorable: solo mirarte con aquellos ojiños tan dulces hacía que te derritieses. Era tan especial… ni una sola vez, ni una en seis años, hizo algo que me molestase o me hiciese pasar un mal rato. ¡Te echo tantísimo de menos, viejiña!


Me enamoré de Leia en cuanto la recogí, un día de octubre de 2012: ¡aquellos forellos interminables eran mucho! Tenía unos meses cuando apareció deambulando en una carretera; seguramente se había perdido tras su primer día de caza… ¡por suerte para ella! Con Leia descubrí muchas cosas. Por ejemplo, que tengo mucha más paciencia de la que creía: durante sus primeros años, esperar a que volviese de sus rastreos era rutinario y la esperaba leyendo en la furgo. También descubrí que nunca quería volver a vivir sin una sabuesa: creo que hay un tipo de perro para cada persona, y el mío, sin duda, son los perros de caza. Tan adorablemente testarudos; dulces; alegres y con esa enorme capacidad de ser felices y libres. Leia me hizo pasarlas canutas con sus rastreos, sí, pero cuando aprendí a aceptarla como era, a entender que ella no se fugaba, sino que estaba haciendo el trabajo para el que había sido diseñada tras años y años de manipulación genética, las dos empezamos a ser más felices. Leia murió en octubre de 2021 a causa de un tumor muy agresivo: no tardó ni dos meses en dejarme desde que se lo diagnosticaron, y el vacío que ha dejado en Villa G es tan grande que no sé si alguna vez dejará de doler.


Paloma llegó a Villa G en marzo de 2015, después de pasar una dura temporada en la Protectora de Lugo, donde su dueña la abandonó. Y el 20 de mayo de 2022 le dijimos adiós, después de más de siete años en casa. No tuvo una vida fácil: no debió de serlo en su primera casa, donde no dudaron en desecharla como a un trasto, ni lo fue ser abandonada en un refugio. Y, aunque en nuestra manada tuvo todo el amor que pudimos darle, tampoco su vida aquí fue fácil, ya que la mala vida que le dieron antes de dejarla tirada en la prote le había pasado factura: se había roto una de las patas y nadie se la curó, así que, tras años y años forzando la otra pata, su movilidad se redujo muchísimo.

Vivió cuidada, querida y, aunque me hubiese gustado que hubiese disfrutado de La Comarca como el resto de mis abuelas, no pudo ser. Pero al menos sé que con nosotras tuvo todo el amor de la galaxia.


Narya tenía casa, si por casa entendemos el patio donde sus humanos la tenían, ignorándola totalmente. Y como a nuestra peluche le encantaba la gente… decidió empezar a fugarse para recorrer el pueblo mendigando mimos. Hasta que una persona decidió cambiar su vida para siempre y nos preguntó si teníamos sitio para ella, porque se temía que iba a terminar atropellada o algo peor. Así que Narya llegó a Villa G el 30 de agosto de 2018 hecha una piltrafilla… pero aquí, pese a su artrosis, su grave cardiopatía y pese a todos sus achaques, fur intensamente feliz trotando por La Comarca y regalándome cada día todo su amor, que era infinito.

Narya se murió la madrugada del 4 de julio de 2022, mientras dormía, abrazada a mí. Siempre digo que ojalá todas mis abuelas se muriesen en casa, sin dolor, y en mis brazos, porque ese final, en definitiva, es el mejor de los posibles. Narya fue feliz hasta el último día que pasó con nosotras, y ese es el consuelo que me queda entre la profunda tristeza.


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