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Durin fue nuestro primer abueliño. Se moría de una insuficiencia renal y decidí que se merecía hacerlo con dignidad, no solo en un canil de una prote. Así que el verano de 2013 fuimos a buscarlo… y la perricidad funcionó como una medicina, porque de los pocos días que parecía que iba a vivir pasamos a varios meses, hasta que su cuerpecillo dijo basta. Fue duro… pero una gran enseñanza: gracias a Durin entendí que hacer feliz a un perro anciano era lo más bonito que podía hacer, y abrió el camino a muchas otras viejiñas.

Arwen será siempre el amor de mi vida. La adopté siendo ya una viejiña en junio de 2014, y se murió en enero de 2020, tras seis años de perricidad absoluta, dejando un vacío tan tan grande que no creo que sea jamás capaz de llenarlo. Era adorable: solo mirarte con aquellos ojiños tan dulces hacía que te derritieses. Era tan especial… ni una sola vez, ni una en seis años, hizo algo que me molestase o me hiciese pasar un mal rato. ¡Te echo tantísimo de menos, viejiña!

Yoda fue un desecho de cazador (¡qué raro!), abandonada en una prote cuando se hizo viejita y ya no servía para cazar. Me enamoré de ella en cuanto la vi, con aquel cuerpecillo robusto e incansable. La adopté en septiembre de 2016 y murió en casa, entre mis brazos, en mayo de 2017. Demasiado poco tiempo de perricidad… pero siempre pienso que aunque solo pudiese hacer feliz a mis abuelas un día habría merecido la pena.

Avoa era tan especial… ¡y tan sabuesa, y a mí me gustan tanto las forellos! Llegó en 2017, tras morirse Yoda, enfermita, sorda, casi ciega, pero tan tan tan llena de alegría que era imposible no contagiarse de sus enormes ganas de ser feliz. Se murió en enero de 2018, en casiña, conmigo y el resto de su familia, después de muchos meses de locura sabuesa, rastreando incansable La Comarca y pidiendo amor el resto del tiempo.

Balin llevaba prácticamente toda su vida viviendo en un canil de una prote; tenía tantísimo miedo cuando lo adopté… ¡Es siempre tan bonito ver cómo estos viejiños aterrorizados empiezan a ser felices, a confiar y a vivir la vida a tope en cuanto se dan cuenta de que se van a quedar en Villa G para siempre! Este señor tímido y encantador se murió en el verano de 2018, después de casi un año de perricidad. ¡Me encanta recordarlo sonriendo, con su cariña de bueno iluminada!

La señora más terremoto que ha pasado por Villa G se llamaba Iris, era una abuela rosmona, tuerta y más sabuesa que un sabueso que murió como me gustaría que lo hicieran todas mis abuelas: corriendo feliz tras un rastro, en el bosque de La Comarca, que tanto amaba. Me enamoré de ella en un acto solidario en el que había varios perros y perras viejiños. No tenía sitio para ella, pero me prometí adoptarla en cuanto lo tuviese, porque me conmovió su mirada vencida, tras toda la vida en una protectora, sin esperanza. Unos días después de conocerla la atacaron en el canil y casi la matan; no me lo pensé mucho y fui a buscarla. Iris fue feliz en nuestros prados desde que llegó… pero le costó un poquito más aprender a disfrutar de la vida en manada. Cuando lo logró… ¡qué maravilloso era verla correr sonriendo con el resto de su familia!

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